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Somos Noro

El enfermero que atiende a sus pacientes como lo hubiera hecho con su abuelita.

Jesús Guillermo Soto

Enfermero del ISSSTESON

Fotografía: Ana Hop.

Retratos

Fotografía por Ana Hop.
Fotografía por Ana Hop.

"Me emociono mucho cuando despido a un paciente que ha superado el COVID-19."

- Jesús Guillermo Soto
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Por Jesús Ibarra
SomosNoro

Jesús Guillermo Soto es firme y directo, con una ética reconocida por sus compañeros. Lleva presente el vivo recuerdo en el corazón de su abuela materna que falleció víctima de COVID-19. Como enfermero del ISSSTESON tiene una profunda visión sobre la letalidad de esta enfermedad y el dolor que provoca en los familiares de las víctimas. Ha visto cómo la naturaleza humana queda expuesta, frágil. Su experiencia le ha producido interacciones perdurables más allá de las salas de urgencias y los recuerdos. El virus se llevó a su abuela, su mamá logró superarlo. Él, a sus 35 años de edad, conoce como pocos los alcances de la pandemia al interior de una familia y lo contrasta con las formas de pensar de la gente que no valora la contribución de su trabajo. En su primera respuesta para SomosNoro, dentro de la serie Guerreros del Sol, abrió con fuego para después colocar mayor peso en sus reflexiones a lo largo de la entrevista.

JI: ¿Cuál es tu postura sobre la importancia de tu profesión en el trato con vidas vulnerables por el COVID?

JGS: He reafirmado que el Gobierno y la sociedad no valoran la salud, ni al personal sanitario. Esta pandemia nos debe enseñar  que el personal de salud y la salud en sí, deben ser siempre, pero lo digo en serio, de ser realmente prioridad más allá de los intereses políticos y particulares. Hablando específicamente del personal de la salud, ya no podemos ser más héroes anónimos, y no es que me importe el adjetivo de héroe, me refiero a que si no se cuida la seguridad del personal de salud, la pandemia será mucho peor, pues si las personas que podrían ayudarlos y salvarlos no están, esto se descontrolaría trágicamente.

JI: ¿Qué tan duro ha sido para ti, desde el punto de vista profesional,  hacer frente a la presión que implica enfrentarse a una pandemia, atender pacientes vulnerables y en el mismo proceso tener que lidiar con el riesgo que eso implica?

JGS: El estrés laboral, el riesgo de contagio y la falta de medios adecuados, tanto materiales como humanos, para la lucha contra el virus, sumado a la situación de cuarentena, está causando pérdidas importantes de salud mental del personal de salud. Compañeros de diferentes hospitales temen por su vida pues algunos padecen enfermedades que potencian el riesgo de complicaciones por contraer la enfermedad. Esta pandemia ha generado un severo impacto en el personal de la salud, el seguimiento de los protocolos y la adopción de las medidas y recomendaciones ayudan a reducir los contagios dentro y fuera del área de trabajo. 

Pero aun así no dejamos de ser humanos y somos vulnerables a tener contacto con esta enfermedad. Como en toda profesión existen riesgos, pero estamos preparados y capacitados, y somos nosotros, el personal de salud quien tiene la responsabilidad ética y moral, pero sobre todo profesional de hacer frente a esta pandemia más allá de estos riesgos. No puedo negar que cuando me llamaron para formar parte del Centro COVID me generó incertidumbre y más allá, temer por poner en riesgo mi vida; sin embargo, gracias a los protocolos que realizamos me siento más seguro ahora.

JI: ¿Cómo procesas el dolor de las personas?

JGS: Es imposible evitar sentir el dolor ajeno. He buscado la forma de ser empático compartiendo y tratando de identificar y entender sus emociones. Busco llevar al paciente a pensar en los motivos positivos por los que debe seguir luchando y hacer frente a esta enfermedad. Los motivo para salir adelante. En lo personal es importante no permitir que ese dolor influya, o interfiera en mi desarrollo profesional. Busco identificar también mis sentimientos y controlar mis emociones. Me enfoco en su dolor ayudándolo a sobrellevarlo o superarlo, cuidándome de no involucrarme más allá pues sé que eso podría provocarme estrés y otras consecuencias.

JI: Lamentablemente, como resultado paralelo a la pandemia, hay expresiones que tratan de menospreciar o estigmatizar al mismo personal médico. ¿Has sufrido agresiones, ataques verbales o comentarios negativos en redes sociales por tu profesión?

JGS: El personal de salud ha sufrido agresiones físicas y verbales. Parte de la sociedad no está bien informada y sus fuentes son cualquier red social sin fundamento. En el inicio de la pandemia tuve una experiencia al acudir a retirar efectivo, estando dentro del área de cajeros, una mujer que también iba a retirar, al verme que yo portaba mi uniforme de trabajo se regresó, pero fue muy obvia su expresión de rechazo y miedo a mi persona. En otra ocasión, al cargar combustible, el despachador no quiso tomar mi dinero al pagarle porque yo portaba el uniforme. Me roció la mano y la cara con una solución desinfectante.

JI: ¿Seguiremos viviendo en una nueva normalidad que nos está costando mucho entender y respetar?

JGS: Aún no se ha entendido o percibido la dimensión de lo que nos está pasando. La sociedad se ha relajado. Es increíble que aún hay personas que especulan sobre el COVID-19. Lo más natural es querer volver a nuestros estilos de vida antes de marzo del 2020, por lo menos poco a poco. Sería conveniente que nos detuviéramos a recapitular todo lo que ha pasado desde el inicio de la pandemia. Nuestro estilo de vida tiene que cambiar y si no sacamos provecho de las enseñanzas que nos ha dejado esta crisis mundial, no podremos  replantear nuestras acciones hacia mejores escenarios. Creo que se reinventará nuestra sociabilidad, ya no serán lo más importante los besos y abrazos, los más importante será no perder nuestra humanidad. Si sustituimos abrazos por solidaridad, entonces en buena hora las formas de cortesía serán otras e igual de cálidas.

EL ADIÓS

JI: ¿Qué has visto y sentido en el área COVID donde te ha tocado trabajar?

JGS: De manera profesional y personal me ha tocado vivir de cerca los efectos de esta pandemia. En mayo de este año tuve la experiencia de llevar a urgencias a mi abuela materna de 86 años, con la que prácticamente viví toda mi vida. A pesar de saber cuál sería el protocolo que tendrían con ella en el servicio de urgencias, había en mí y en mi familia la incertidumbre de lo que podría pasar. Tener que despedirme de ella en urgencias, hacer esa última oración, el último beso confiando en Dios que todo saldría bien. Ver su rostro batallando para poder respirar y saber cuál era su estado de salud general, fue muy difícil. Más aún cuando al salir de esa área de urgencias sería yo como profesional de salud y última persona de la familia que la vería. Tuve que decirle a mis familiares que se encontraba ‘estable’, que era atendida por los compañeros médicos y enfermeros. Ese día fue ingresada con todos los protocolos, se le realizó la prueba de COVID-19 y pasó al área designada en el hospital para pacientes sospechosos y positivos. Tuvo resultado negativo para el virus, pero al haber ingresado a esa área como sospechosa tuvo que permanecer ahí, también por los síntomas respiratorios que presentaba. Pude experimentar como familiar de un paciente hospitalizado la angustia de no tener información clara del estado de salud de mi abuela.  Después de nueve días ingresados en esa área, sufrió complicaciones por neumonía y falleció intubada. En junio me llamaron para ser parte del hospital temporal COVID del ISSSTESON, donde comenzaría a trabajar directamente con pacientes positivos. Es aquí donde pude estar del otro lado. Ser ese profesional de la salud atendiendo al abuelo o abuela, madre o padre o hermano de alguien más. Tengo que ser resiliente, tener la capacidad de lograr adaptarme ante las tragedias, los traumas, las amenazas o el estrés que paso  yo y la misma sociedad en su conjunto. Esto no significa que no sienta tristeza, dolor emocional o que todo fuera sencillo. Por supuesto, la muerte de mi abuela bajo estas mismas circunstancias estaba presente, tenían un impacto en mi persona, producían de cierta forma una sensación de inseguridad, incertidumbre y dolor emocional. No puedo evitar recordar a mi abuela en cada paciente, más aún cuando es un adulto mayor. En cierta forma ya no duele como al principio, creo que esto ha sido parte de mi terapia para sanar un poco esta pérdida. Es inevitable alegrarme y derramar algunas lágrimas cuando puedo despedir a algún paciente que ha podido vencer esta enfermedad. Estar presente cuando se cruzan las miradas del paciente con su familiar después de varios días, incluso semanas de no verse, toca mi corazón y me llena de alegría. La recompensa más grande que puedo tener como enfermero son las palabras de agradecimiento con lágrimas en los ojos y ese abrazo del paciente que traspasa nuestros equipos de protección personal, de ese ser humano que ha salido adelante, esa madre, padre, abuelo o familiar ha recibido de parte de Dios la oportunidad de seguir viviendo.

JI: ¿Puedes compartir una anécdota que te haya tocado vivir con un paciente?

JGS: En una ocasión un paciente, un hombre de 50 años, tenía varios días en el Centro COVID. Continuaba con apoyo de oxígeno y no quería caminar, ni bañarse por el miedo de presentar los síntomas que tuvo cuando ingresó a urgencias. Nosotros sabíamos que su requerimiento de oxígeno era bajo, había generado más una dependencia a tener la puntas nasales y estar viendo el monitor para observar su saturación. Con apoyo emocional, ejercicios respiratorios y mucha paciencia, al paso de unos días logramos que pudiera deambular, hasta lograr que pudiera bañarse. Poco antes de ser dado de alta me habló y me dijo: ‘Te amo, Memo, gracias. Nunca me voy a olvidar de ti. No te conozco ni sé cómo eres, pero si escucho tu voz sabré que eres tú’. Sin duda fueron palabras que tocaron mi corazón”.

Jesús Guillermo sigue tocando la vida de muchos pacientes gracias a su dedicación. El recuerdo de su abuela le ayuda a ser valiente y cálido con los pacientes que atiende. 

Guerreros del Sol

Conoce los perfiles de personas en la primera línea de batalla contra el COVID-19 en Sonora.
Un trabajo periodístico de Jesús Ibarra y fotografía de Ana Hop.